Una ventana abierta al cambiante mundo y el esfuerzo por tratar de ajustarse a esa realidad fugaz, a la que llamamos Vida

sábado, diciembre 25, 2010

ENCUESTA: ¿leería la novela?

AROMAS, SUDORES, Y HABANERAS


LESLIE E BRYON
NOVELA
Copyright © 2011













SIGLO XX






ALFA

I


Recuerdo con nitidez la tarde aciaga del doce de agosto, en tinieblas vislumbro la bata verde, pulcra, del galeno, el contraste con el blanco de la cara carente de emoción. Nunca me habían gustado esas declaraciones solemnes, en las que el orador no refleja sentimiento alguno al pronunciar el veredicto que transformaría la vida, o el curso de la historia humana en los próximos siglos. La voz me llegaba distante, ajena, un rumor de malas noticias envueltas en papel de regalo. Aún vislumbro el desplome, el enorme desgarramiento que sentí en mis entrañas, como si una gigantesca bestia me royera las vísceras. Las palmas de las manos me sudaban, la frente húmeda de rocío corporal, y un ligero escalofrío jugueteaba en la geografía de mi espalda. Por primera vez en la vida sentía miedo, pavor a lo desconocido, a la fragilidad de mi existencia. El temor a ya no ser. No era lo mismo leerlo o verlo en la pantalla del televisor. No, esto era la realidad real, no la otra, la fingida. Me había quedado paralizado, y en medio de tanto estupor, mi voz lejana, aturdida, indagaba de manera idiota:
─ ¿Voy a morir?
─ No podría especificar tanto. Hoy en día la medicina obra milagros. El tratamiento puede alargar la vida.
─ ¿Qué quiere decir? ¿Solamente un milagro? ─Mi vista revoloteaba tras los objetos del pequeño salón de consultas, admiraba la imagen con los músculos de un hombre helénico desprovisto de piel.
─ No, no he querido decir eso. Cálmese, respire profundo, tiene una enfermedad que si se atiende a tiempo el proceso curativo da resultados excelentes. No puedo prometerle nada. No se altere. Le estoy prescribiendo un calmante. Necesita estar calmado para tomar decisiones sobre su salud. ¿Se ha inyectado alguna vez hormonas o esteroides?

No quise escuchar más, me vestí detrás del biombo, lentamente como un condenado a la horca que camina despacio para robarle unos segundos más al aire negro y turbio de la ejecución, y le estreché la mano al especialista quien continuaba con su perorata sobre beneficios y efectos desagradables de la terapia.
─Lo veo en una semana para empezar la quimioterapia. Una píldora diaria antes de acostarse para que se tranquilice. Siga su vida normal. No abuse del alcohol.
Salí huyendo cual un apestado de la oficina del doctor Botana. Ni siquiera me despedí de la secretaria. “hormonas, alcohol, creo que debo cambiar de médico, Botana delira”. Descendí, más bien volé, los escalones de hormigón pintados en verde de los tres pisos del edificio, sin apenas tocar las barandas de hierro. Mi mente apenas atinaba a escabullirse del incierto futuro que me deparaba la suerte, y retornar –de cualquier forma posible- a un pasado pleno de frustraciones y rencores, pero preferible a la incertidumbre que me esperaba. Al salir a la calle tropecé violentamente con un mendigo y ambos caímos al pavimento. Varios objetos vuelan con vida propia hacia distintos rumbos para al cabo fenecer en el duro hormigón que delimitaba la entrada del edificio de cinco pisos de la calle.
─Perdone, no lo vi. Fue mi culpa.
─A mí me pasó lo mismo cuando me detectaron el cáncer. Ya ve, llevo tres años vivo, eso sí perdí mi fortuna en médicos y hospitales.
─Pero yo no tengo cáncer. Es apenas una bolita.
─Tome, la oración de San Pancracio. Léala diariamente diez veces. Le fortalecerá el espíritu. Le calmará el rencor.
Lo miraba incrédulo. Me levanté del suelo y ayudé al hombre para que se pusiese de pie. Recogí mis pertenencias. El desconocido buscaba papeles y una carpeta grande de cuero marrón, y una estilográfica con el logo del doctor Botana. Extraje un billete de cinco de la billetera y se lo entregué.
─Para el almuerzo, perdone el encontronazo, estaba ensimismado ─le comenté algo incómodo con la situación.
─Me llamo Pedro, duermo detrás de los tanques de la basura. Cuando quiera platicar sobre la miseria humana me llama y me trae algo de comer. Tengo experiencia en eso de fechas de muerte, opiniones de doctores. No les haga mucho caso, lo volverán loco. Necesita toda la energía posible para vencer el maleficio.
Le estreché la mano. Me miraba fijo a los ojos. Hice un gran esfuerzo por no reírmele en la cara por sus palabras altisonantes. En ese momento supe que me iba a decir algo importante, pero balbuceó unas palabras incoherentes, como en una lengua antigua, en desuso, por tres largos minutos, antes de soltar prenda.
─Mi familia me abandonó, mi esposa se fue con otro; en un mes lo perdí todo menos la poca vida que me pronosticaban: seis meses. Ya me cargo tres años de vivir de sobra. Este mundo está saciado de charlatanes, y somos muchos quienes deseamos llegar a la verdad del meollo.
─Mendigando. ¿Ha podido sobrevivir como mendigo? ¿Espera encontrar la verdad en las calles de Miami?
─No lo llame así, estoy predicando la nueva verdad. La noción de un nuevo concepto de la existencia humana. ¿Qué somos? Existen dimensiones desconocidas por la lógica humana.
Apenas entonces caí en cuenta que mi interlocutor era raro. Lancé la pregunta, ya arrepentido de mi impertinencia.
─ ¿Dónde le diagnosticaron el cáncer?
─En el lóbulo derecho. No me diga nada de su enfermedad, no quiero desanimarlo. Guarde el secreto, y por favor, mientras menos personas lo sepan, le irá mejor. Cometí el error de divulgarlo para conseguir apoyo, y únicamente logré el desdén de los otros. Me trataron como un apestado, incluso mis dos hijos dejaron de hablarme por años.
─ ¿Se sometió a tratamiento?
─ Al principio sí, luego que conocí la magna obra, no. Me abandoné a mi suerte. Ya puede notar el resultado. Nada tengo, nada me hace falta. Desnudo vine al mundo, desnudo me iré. Nunca me ha faltado un plato de comida, ni un interlocutor amable. Ayudo a todo el mundo. La buena gente me da algo para pasar el día.
Sonreía con la vista vaga perdida en un punto distante entre dos elevados pinos canadienses al otro lado de la calle asfaltada. El sol nos arrancaba perlas de sudor. Buscaba un pretexto para largarme y no insultarlo. Vestía, -lo notaba por primera vez- el mendigo Pedro, un pantalón de mezclilla azul, arrugado, pero limpio. La camisa de manga larga tampoco estaba sucia. Me señaló una casa pintada en ocre a treinta metros de nosotros.
─La sirvienta, María del Pilar, una hondureña todo corazón, me lava la ropa una vez por semana, y me trae los restos de la cena. Una mujer todo bondad. No todo está perdido, mi amigo. Aún queda gente noble.
─Luis Enrique.
─Amigo Luis Enrique, no todo está perdido. Confíe en San Pancracio. Tome, lea esta novela.
Me entregó un libro con carátula roja, sucia, con las hojas añejadas de tantas lecturas y se alejó en medio de una risotada alienante hacia el reino de los latones de basura. Noté que cojeaba bastante de la pierna izquierda. Pero aparte de estar algo chiflado podía pasar por otro habitante de la estresante ciudad. Me subí al coche, puse a funcionar el aire acondicionado y la radio que pronto vomitaba las alegres notas de un merengue dominicano, interpretado por una famosa vedette puertorriqueña. Pensaba en cómo soltar la novedad a mi esposa Alicia, y a mi adolescente hija Melisa. El sol inmutable continuaba su castigo con los escasos transeúntes. Atravesé el campo de la universidad para salir a la carretera número uno. La vida afuera permanecía inalterable. Los chicos y las chicas en ropa deportiva correteaban de aula en aula. “La vida es hermosa a pesar de todo”, pensaba distraído. Entonces recibí el impacto del coche rojo. Mi cuerpo fue lanzado hacia delante, pero la bolsa de aire al expandirse evitó daños mayores. El golpe había dañado parte del trasero del vehículo. Del otro coche se bajaba dando tumbos, una chica, cuya fisonomía me era conocida. Irene, una de las reporteras del canal catorce. Morenita, baja de estatura, vestida con traje de chaqueta y pantalón gris. El pelo largo negrísimo. Gafas oscuras ocultaban sus ojos. Nariz aplastada. Unas libras de más en caderas y trasero. Ostentaba la señal de una juventud que se eclosionaba en un cuerpo casi perfecto.
─ ¿Está bien, señor?
Con poco esfuerzo abrí la portezuela de mi coche y le riposté algo enojado.
─Primero, no soy tan viejo para que me diga señor, apenas cuarenta y cuatro. En segundo lugar, se ha comido la luz roja. Me llamo Luis Enrique y creo que tendrá que pagar los daños.
─Ahora llamo a la aseguradora. Perdone, tengo que recoger a mi hija de cinco años y llevarla a casa de mis padres. Soy madre soltera. No tengo a nadie que me ayude.
─ ¿Nicaragüense? Se le nota el acento.
Pero Irene estaba absorta en el móvil, no me escuchaba, llamaba a un familiar, al señor del seguro, al pinto de la paloma. No cesaba de platicar por el teléfono. A los quince minutos se apareció el hermano de la chica. Un chaparro vestido con gracia que caminaba con porte militar. Botas de cuero altas como polainas con un terno azul y camisa de colorines. Media hora más tarde un policía se ofreció para levantar acta. La multa había sido para la chica. Intercambiamos información privada, teléfonos, compañías de seguro, estrechones de mano. Ella se largó con el hermano. Su coche remolcado por un camión grúa. Yo regresé abollado, descorazonado a mi casa de tres habitaciones dormitorios y dos baños. Vacía como siempre. Llamé a Víctor, el peruano calvito del seguro y me prometió pasar esa tarde por la casa a inspeccionar los daños materiales. Eso sí, “ella tiene que pagar la reparación de tu coche, y tienes un deducible de quinientos dólares”, repetía una y otra vez. Recuerdo entonces que al llegar mi hija Melisa de la escuela, yo estaba sentado en el portal de la casa con un vaso de ron con soda mientras esperaba la llegada triunfal de Víctor, la mirada comprometida en auscultar los techados y fachadas de las casas vecinas, como si las viera por primera vez.
─ ¿Sabes quién me chocó? ─saludé a mi hija quinceañera─ Irene la reportera de la televisión.
─Cool, daddy, cool.
Entró en la casa como un bólido y se sumergió en facebook, en twitter, su realidad virtual. A la media hora toda la ciudad sabía que su papá había sido embestido por el coche de Irene, la chica del tiempo. Los amigos de mi hija empezaron a desfilar por la casa retratándome a mí y al coche. Víctor tuvo trabajo para encontrar un lugar libre en la grama en donde aparcar. Llegaba jadeante, alterado, reflejaba el estrés en los rasgos faciales mestizos.
─ ¡Vaya gentío! ¿Qué se regala aquí? ¡Qué día, éste es el tercer accidente! ¡Hay algo raro en el ambiente!
─La juventud, no tiene nada mejor en qué pensar. Soy la noticia del día. Y se trata de un día común y corriente en el torbellino de una urbe de millones de habitantes. ¿En Lima no hay choques?
─ Supongo que decenas, pero yo me vine a los quince y ya me he olvidado.
Reímos la broma antes de ponernos a discutir los detalles del taller de reparaciones, el alquiler de un coche provisional, el pago del deducible.
─ La chica tendrá que pagarlo todo. Déjalo en mis manos.
Esa noche se presentó Irene con el hermano y la pequeña hija de ella a ultimar detalles del arreglo. Melisa y sus amigos sacaron miles de fotografías que colocaban en Internet con comentarios alegres. “Cuando los padres manejan mal”. “Viejo, te voy a quitar el coche” y otras sandeces. No había duda, ese día yo había escalado la fama por un accidente de tráfico, aunque me duraría unos pocos minutos. No recuerdo para nada haber hablado de mi enfermedad. Las sesiones de fotografías y la alegría despreocupada de los adolescentes llenaban el espacio vital. La luna no salió esa noche. Por eso bailoteaban treinta grados de temperatura.
Recuerdo que me sentí anti-heroico, un personaje cuya razón moral de existir consistía en disfrutar la propia felicidad en forma egocéntrica y hedonista, ahora amenazada por una real e invisible espada de Damocles.

A decir verdad, no le presté atención alguna al libro que Pedro me había entregada hasta varios días más tarde cuando fui a recoger el coche recién pintado, libre de ralladuras y magullones, al taller de reparaciones. La cubierta denotaba el implacable manoseo de lectores imprudentes. Pliegos sucios y descosidos me obligaron a fotocopiar con mucho cuidado las doscientas y tantas páginas del relato. El autor, un ruso azerbaiyano, Mijail Tserkovskii, nacido en 1900 y fallecido en fecha desconocida en algún lugar de Siberia, según una nota escrita con tinta violeta en la página cuarenta y nueve. La novela se había editado en Petrogrado en 1925 por una editorial fantasma Pravda zhizni, con una dirección inexistente. –En realidad el número 23 de la calle Universitetskaya quedaba sobre el puente Dvortsovy- Una edición rara. Su título, enigmático. Apuntes para la verdad. Estaba pobremente traducida al castellano de prisa, como si no hubiera habido tiempo para consultar diccionarios, y el plazo de entrega hubiese vencido dos meses antes. Andrei Gómez firmaba la extraña versión al castellano. Al parecer Andrei no dominaba ni el ruso ni el español. Recuerdo que en la oficina busqué en el Internet datos sobre el autor, pero no encontré nada. Había incluso consultado a Marcia, una cubana que había estudiado filología rusa; la esbelta maestra tampoco pudo ofrecerme datos. Ni siquiera una mención a los apuntes del desconocido. La lectura se me hizo difícil. Frases mal hilvanadas, sin duda debido a la pésima traducción, exceso de verbosidad, adjetivación espantosa, palabras inventadas tomadas literalmente del ruso. Una verdadera bazofia. Era la narración de las desventuras de Vania, un niño ruso de nueve años, que crecía en un medio ajeno al suyo con un padre estricto, militar, acostumbrado al ordeno y mando, una madre local, musulmana, sumisa, que solamente callaba y hacía lo que el marido demandaba. Una mala novela. Luego de leer cincuenta páginas aún desconocía cuál era la verdad a la que el autor apuntaba con sus dardos de palabras.
Lo único bueno había consistido en hacerme olvidar que iniciaba el tratamiento con el doctor Botana. Me impacientaba por encontrarme de nuevo al mendigo e indagar de dónde había sacado el libro, y si conocía más sobre el misterioso autor. Fue una jornada de inquietud tanto por lo que me esperaba como por no poder averiguar más sobre el enigmático Mijail.
No he dicho aún que soy dueño de una pequeña agencia de servicios de contaduría, y preparación de documentos legales y tributarios para pequeños negocios. Para mí trabajan siete empleados. No soy millonario, luego de los gastos de operaciones, los seguros de salud de los empleados, y la publicidad, me queda libre de impuestos unos diez mil dólares al mes. Para vivir desahogado. Mi esposa Alicia es maestra de escuela. Mi hija Melisa, estudiante. Tengo una hermana dudosa en la ciudad, y dos medias hermanas en Cuba. Aventurillas de mi padre que fue un don Juan en su juventud y corría tras las criaditas en casa de mis abuelos, hasta dejarlas infladas a las incautas. El abuelo se encargaba de buscarles “un partido apropiado” a cambio de dinero.
─Si vas a Cuba alguna vez debes visitar a tus hermanastras. Ya deben ser mujeres casadas y con hijos. Por aquí hay una tal María Antonia que afirma ser hija mía, pero no recuerdo a la madre. Así que esa es cuestionable, pues yo no me hago prueba alguna de paternidad.
─ ¿Quién te ha dicho que voy a visitar la isla? No se me ha perdido nada allá. Además salí de la isla a los quince y mis recuerdos son vagos, los amigos del colegio se habrán dispersado por el mundo.
─Ya soy viejo y en cuando me retire, voy a darle una vuelta a las mulaticas, las hermanas tuyas. ¡Quizás necesiten algo de dinero! Deberíamos enviarle un paquetico con jabones y pasta de dientes. Allá no tienen ni desodorante, ¡qué horror!
─Aborrezco cuando comienzas con las intimidades de tu vida bohemia antes de casarte con mamá.
─No seas egoísta, debes ayudar a tu familia.
No sé porqué esa conversación de semanas atrás me había venido a la mente. Mi hermana menor Mercedes aborrecía tanto como yo cuando él se ponía melancólico a franquearse sobre las ilegítimas a pesar de “les di nuestro apellido Torres y les pasé manutención mientras estuve allá” y otras excusas para tratar de paliar su conducta pasada. Tenía remordimientos y ahora temía el castigo divino por sus pecadillos de juventud, y la conducta egoísta.
─Tú no entiendes de esto. Me siento culpable de haberlas abandonado. Me arrepiento de muchas cosas que he hecho en la vida. De haberme largado mansamente como un buey cansado, de los malos ratos que le hice pasar a tu madre. Ya sé que no hay vuelta atrás. El pasado no se puede conjurar.
Cuando Juan Luis Torres y Morales, natural de Madruga, comenzaba con el gusanillo de la culpa había que escaparse. Lo que no entiendo es ¿por qué me viene a la mente la conversación? Una premonición me decía que debía ir con el viejo a Cuba y conocer a las mulaticas. Le conté de sopetón mi enfermedad, lo que le produjo una reacción de espanto.
─No puede ser, te vas a morir primero que yo.
Pedro no recordaba haberme prestado libro alguno y, lo peor, desconocía quién era el ruso. Me miraba asombrado, como si yo fuera de otro planeta.
─Recuerdo la oración a San Pancracio, no libro alguno –miraba curioso el ejemplar que yo le mostraba- Probablemente lo recogió de la basura. Quizás el vejete del ochocientos uno, creo se llama Daniel Inclán, ha viajado tanto de embajador por los mundos que se lo habrá conseguido en uno de sus largas estancias fuera del país, o sería, más bien, la sobrina nieta que viene una vez al mes con dos damas de compañía colombianas a limpiar la casa y a cada rato botan papeles viejos y trastos inservibles en el basurero. En cierta ocasión me encontré un crucifijo de plata que empeñé en treinta dólares. Conozco de él por María del Pilar. Conversa mucho conmigo. Imagínate los patrones son americanos que hablan poco español, solamente el rudimentario para ordenar. Ella se desahoga conmigo como si yo fuese un enviado celestial.
Con los ojos en blanco me auscultaba mientras callaba ensimismado en sus delirios de quien sabe qué. A los pocos minutos lanzaba el reto.
─No crees en nada. ¿Es cierto? No has leído a san Pancracio, eres un descreído. Te va a pesar.
Ante mi asombro había dado media vuelta para esconderse tras los tanques de basura. La pierna la arrastraba aún más que durante el primer encuentro. La ropa era la misma, inmaculada, el cuerpo se le notaba curvado como si quisiese evadirse dentro de la tierra y desaparecer de mi vista. No pensé mucho y entré al edificio de consultorios pintados de color blanco hueso, donde me esperaba una camilla que me llevó al edificio adyacente –yo hubiera podido caminar esos cincuenta metros, pero el personal alegaba no sé qué protocolo, seguros, y otras sandeces- para recibir la primera dosis de la pesadilla química. Creo que perdí el conocimiento, o me sedaron con algún mejunje dantesco escondido en el suero. En el sueño, o en el delirio semiconsciente, observaba impávido imágenes de santos danzarines, escenas de la concurrida avenida Nievski, y un mar de nieve que avanzaba raudo por mis venas. Cuando desperté, asustado y sudoroso, una enfermera con bata verde, el pelo recogido en la nuca y oculto en un pañuelo verde, me sonreía.
─Ya pasó todo. No fue tan malo. Irene Suárez para servirlo.
─Cubana de la zona occidental. ─me creía un experto en descifrar los mil acentos que se hablaban en la ciudad.
─Matancera, y ¿Usted, habanero?
─Con mucho orgullo. Habanero de pura cepa. Mis antepasados vinieron de Galicia al principio del siglo diecinueve huyendo de la invasión de Pepe Botella. El hermanísimo.
─Su acento suena extraño, me costó trabajo adivinar que es cubano.
─Soy contador público acostumbrado a hablar con números no con emociones.
Me deleitaba con su mirada ingenua y la sonrisa de quien se ha dedicado a ayudar a los demás. O quizás fuera que trataba a todos los condenados de la misma suerte. Amable lo era. Observé que no llevaba anillos en los dedos. “Soltera”, balbuceo distraído y me afirmó con un alegre movimiento de cabeza.
─No me vaya a pedir la mano pues ya tengo otros cuatro pacientes que lo han hecho en la última semana.
─No, pensaba que podíamos tomarnos un café. Me siento mareado.
Me ayudo a vestirme y me arrastró en silla de ruedas por los corredores del hospital hacia la pequeña cafetería. Allí indagó cómo regresaría a la casa. “Vine solo con el coche”. Me miraba asustada.
─No puede manejar. Uno de los efectos secundarios son los mareos y la falta de equilibrio. Si desea pido permiso y lo llevo a su casa.
─No deseo causarle molestias. Ya me ha ayudado bastante.
─No se preocupe, alguno de los muchachos enamorados que tengo me recoge en su casa.
Le agradecí tanto esfuerzo y la dejé que ella se ocupara de todo. De mi permiso de salida del hospital, de arreglar con el valet que trajeran mi coche. Viajamos en silencio. Se admiró al ver la casa galardonada con los rosales en el frente.
─ ¿No le roban las rosas?
─Los vecinos son honrados. Algún que otro mozalbete para llevárselas a su enamorada. No les riño, solamente les digo que pidan permiso. Mi esposa se ocupa directamente del cuidado de las rosas.
─Su esposa tiene suerte.
Me miraba entusiasmada. Aparcó en frente a la verja del garaje y descendimos. Le ofrecí rosas.
─Mi preferida es la amarilla.
Entré a la casa a buscar un par de tijeras. Al salir ya estaba uno de los internos del hospital en la acera. La ayudó a cortar media docena de amarillas y un par de blancas. Ella sonreía. Me decía adiós con las manos, y a modo de despedida me gritó:
─Si se me declara, se lo hago saber en un mensaje.
Los vi desaparecer cuando me comenzaron los sudores y las palpitaciones. Telefoneé al doctor Botana, y la secretaria me dijo en su saco hay una bolsita con cuatro pastillas. Cada seis horas con un vaso de leche y acuéstese, necesita reposar. Seguí las instrucciones y no me dio tiempo apenas a quitarme los pantalones y los zapatos, antes de caer en un sopor en el cual los monjes de un monasterio medieval del sur de Francia bailoteaban alrededor de mi cama cantando una de mis preferidas canciones de los Beatles. La escena podría ser descrita como en tercera dimensión, Tan real parecían los cantantes y la melodía que salía disparada de algún remoto y desconocido paradero. Mi esposa me despertaría cinco horas más tarde, luego de haber visitado el lago Titicaca, la Amazonía, y haber ascendido un par de veces la sierra Maestra. Me obligó a ingerir una sopa de pollo con patatas y zanahorias, y repetí la dosis de sueños fantasiosos, y sudores fríos.
─No sé que es peor, la enfermedad o los terribles efectos secundarios de la medicación.
─No seas terco. Debes seguir el plan al pie de la letra. Voy a contratar a una señora para que te atienda los días que vayas al tratamiento. Además tienes que ir en taxi, no puedes manejar.
─Me haces sentir un viejo inútil.
─Cascarrabias.
─Preciosa.
─Melisa está haciendo tareas, muy asustada y calladita. ¡Vaya si ahora tu hija quiere cuidarte y mimarte!
Creo que no atiné a responder. El sopor, ahora unos malabaristas desnudos lanzaban pelotas de fútbol al aire mientras gritaban a coro “ayeilili, ayeilala, la fuente no tiene cura”. Unos negritos descalzos, con unas hierbas por vestidos danzaban al ritmo de maracas y tambores una especie de montuno oriental, o sería un danzonete en la voz de Paulina Álvarez, la emperatriz. En el umbral de la puerta una pareja de mulatos vestidos a la usanza de la década de los veinte describía alegre el paso del tornillo, una y otra vez, cual si fuesen dos figurines de una caja musical gigantesca. Aparentemente había acabado de leer en el libro del ruso escrito entre los años 1923 y 1924, la descripción del baile y la música que se estrenaría en una lejana isla caribeña en 1929. En el sueño o delirio, no salía del asombro. Algunos de los colegas llamaban a Mijail con el apodo de “maestro”. La incógnita flotaba airosa en el aire acondicionado de mi alcoba: ¿Poseería el ruso dotes adivinatorias?





¿Seguiría leyendola novela?

Wesbri

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1 comentarios:

Blogger Wesbri ha dicho...

Bajo el título "Tres momentos de una novela" he subido una selección de tres capítulos el primero, uno del medio y uno del final al Taller Novela Seva de Yahoo. Si se hace miembro del TallerNovela puede participar en la discusión de la novela.
Gracias
Wesbri

3:49 a. m.

 

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