Una ventana abierta al cambiante mundo y el esfuerzo por tratar de ajustarse a esa realidad fugaz, a la que llamamos Vida

jueves, julio 21, 2011

La caverna








LA CAVERNA






©2011






No oigo ruidos ni voces.
Me envuelve una paz absoluta. Mi corazón no late. Mis pulmones carecen de aliento. Estoy frito, machacado, inerte e inerme. Lo último que recuerdo es una caverna en medio de una montaña, y como en sueños entré en ella y todo se tornó negro. Acabo de morir.
Claro hubo premoniciones. La vieja vestida todo de negro que caminaba sonámbula por la acera cada vez que salía a recoger la correspondencia. Los chillidos de pavor de la gata del vecino cuando me le acercaba. El gigantesco camión de color blanco estacionado en la acera que me impedía ver el horizonte. Todo indicaba un desenlace fatal, pero la vecina Etolina me sugirió que jugara el número setenta y cinco en combinación con el ocho. Así jugué el 875, el 857, el 785, el 758, el 587 y el 578. Ahora nunca podré saber si fueron los ganadores. Me he quedado con el pensamiento, y el pasado. Carezco de presente y de futuro. Nadie me ha juzgado, ya ni siento las reacciones de mi cuerpo. Soy puro pensamiento fosilizado en el pretérito perfecto.
No hay voces, no hay luces. Todo es estupor. Sueño de una vida inútil, de sueños que se volatilizaron en los deseos. Acabo de morirme. Anoche cené ligero, cereal con leche u banana. Me dormí como un bendito. Por la madrugada sentí el cólico y supongo que me defequé y me oriné en la cama, pues en ese momento penetré en la oquedad oscura que me aprisiona y no me permite nada, excepto pensar…
¿Soportaré la eternidad a solas con mis pensamientos? Aunque, ahora, ¿no puedo enloquecer? Al menos no puedo manifestar mi locura, que me pertenece y me posesiona, sin abandonarme, sin conexión con nada material, ni espiritual. El pensamiento es algo intermedio entre ambos. Pura energía potencial incapaz de ser registrada en los equipos sofisticados de hospitales y universidades. Algo dentro de la negritud del ambiente me hace creer que escucho una sentencia, macabra, delirante:
─Permanecerás en la cueva hasta que termines el recuento de tu vida.
Luego silencio, oscuridad, y los recuerdos de algo que creo experimenté hace siglos. Todo muy vago, borroso, inteligible, como un adiós vago que se disuelve en lo arcano. Nací un martes de abril en una clínica privada de dos pisos en la calle de la Reina en el centro de la ciudad. Pienso en los gritos de dolor de mi parturienta y primeriza madre, en mi aterrado reptar hacia la inmensa luz y luego la bruma, el calor de unas manos desconocidas que me lavan, me abrigan, me sostienen por eones hasta depositarme en algo mullido, los pechos de mi autora.

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