Una ventana abierta al cambiante mundo y el esfuerzo por tratar de ajustarse a esa realidad fugaz, a la que llamamos Vida

sábado, junio 14, 2008

Distrito financiero

Me basta con caminar unos pasos y me veo rodeado de bancos exóticos de Venezuela, España, Puerto Rico, China e incluso de Israel. Estoy en el distrito financiero de Brickell, un área llamada la Manhattan de Miami, por los enormes edificios, las anchas avenidas, los empleados con sus ternos o trajes y corbatas a colores llevando voluminosos maletines con la ¿merienda? o las tareas de la universidad. Sobre todo mucha gente joven. Muchachas con vestidos de coctel, luciendo bellas piernas en zapatos de tacones. Todo un ambiente de película hollywoodense en pleno corazón del subtropical casco de Miami. A lo lejos se vislumbra las edificaciones del centro de la ciudad (downtown) recién naciendo a ese dilema de agotar el espacio en lastres de hierro y hormigón. Claro a veces ocurren accidentes. Las grúas se desploman inertes ante tanta altura y hay uno que otro muertecito, pero todo en aras al progreso. Estamos ya en el Siglo 21.




También son necesarios hoteles de lujo para acomodar a los financieros de Qatay y los emiratos, o los franceses constructores de túneles.








El grupo Santander con su correspondiente Banco no podía ser ajeno a ese querer entrergarse a la furia del desarrollo comercial en estos lares. Somos la ventana al Sur, pero además tenemos casi cuarenta millones de hispano hablantes que requieren de servicios especializados.
Me gusta caminar por las mañanas temprano cuando el Sol es amigable, y la luna impúdica todavía muestra su trasnochada cara entre nubes en un espacio azul como no he visto otro. Estoy corriendo el riesgo de que me acusen de "mal cubano" por afirmar que este cielo es "el cielo más azul". Pero lo siento, la verdad es que la diferencia es mínima. Puedo escribir sobre el gris de Nueva York que me asustó cuando tenía 16 años y me motivó a retornar a una isla en desorden que prometía el paraíso como la frase famosa de Zoé Valdés. Puedo retornar a la insípida atmósfera de los dos años transcurridos en Moscú pretendiendo ser un científico que nunca lo fui si no en sueños y gracias a los malos consejos de una psicóloga (por algo estudié Psicología años más tarde).
Puedo pensar en un París también grisoso, con lluvias interminables que hacían las calles intransitables. O en una Sevilla soleada de coplas y sangrías. Pero al final tengo que aceptar que vivo en Miami con sus defectos y virtudes. Es precisamente esta relación de Amor-Odio que es la envidia de muchos.
Wesbri con la lluvia y el viento sonando en la ventana.

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